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13. El asma en la infancia

Dr. Jesús María Garde Garde

Médico especialista en Alergología y Pediatría. Jefe de la Sección de Alergia del Hospital General Universitario de Elche

¿Qué es el asma? ¿Es lo mismo asma que bronquitis?

La idea tradicional que se tiene del asma es la de una enfermedad de los bronquios que se estrechan (broncoespasmo) provocando dificultad para respirar. Suele asociarse con un proceso crónico que no se cura, por lo que cuando a un niño se le diagnostica asma suele ser causa de intensa preocupación por parte de los padres. Como veremos, no es exactamente así en el caso del asma infantil.

El asma es una enfermedad debida a la inflamación crónica de los bronquios. Más que una enfermedad es un síndrome de obstrucción bronquial reversible con una base inflamatoria. Los médicos denominan síndrome a un conjunto de enfermedades que cursan con síntomas similares producidos por diferentes mecanismos fisiopatológicos. Tal inflamación puede ser provocada por diversas causas: irritantes como el tabaco y la contaminación, infecciones víricas o alérgenos. Esta inflamación puede pasar desapercibida durante la mayor parte del tiempo y hacerse evidente, tan sólo, en ciertas ocasiones, incluso de manera intensa o grave. Es lo que se denomina crisis de asma o broncoespasmo.

En los primeros años de vida, una alta proporción de niños, uno o dos de cada cinco, padecen síntomas respiratorios que pueden ser etiquetados, por sus pediatras, de asma. La enfermedad que padece este amplio grupo de niños no tiene un nombre aceptado de manera general y se observa cierto rechazo en algunos pediatras a utilizar la palabra asma en el diagnóstico, que sustituyen por eufemismos como sibilancias por virus, sibilancias recurrentes, bronquitis obstructivas, hiperreactividad bronquial y un largo etcétera, que frecuentemente sumen a los padres en un gran desconcierto.

La definición de asma infantil, generalmente aceptada por la comunidad científica, es la de episodios repetidos de «sibilancias recurrentes y/o tos persistente en una situación en la que el asma es probable y se han descartado otras enfermedades menos frecuentes».

En otras palabras, todo niño que presenta tres o más episodios de tos al año, en especial si se acompaña de pitos (silbidos) en el pecho y dificultad para la entrada y la salida del aire, y que mejora con medicación broncodilatadora, puede ser diagnosticado de asma.

¿Cuáles son los síntomas de una crisis de asma?

En los niños pequeños, una crisis de asma suele venir precedida y desencadenada por una infección respiratoria de las vías altas (nariz) con síntomas de rinofaringitis aguda, molestias rinofaríngeas leves, rinorrea (moco), tos escasa o estornudos y febrícula. En pocas horas o días suelen aparecer tos, dificultad respiratoria y sibilancias que suelen remitir en 1 o 2 días, pero que con frecuencia se mantienen durante 1 o 2 semanas. La dificultad para respirar se manifiesta por una respiración jadeante, más rápida de lo normal y más superficial. En ocasiones el niño puede necesitar el empleo de los músculos que existen entre las costillas y en el cuello, encima del esternón, que provocan una retracción visible de los espacios existentes entre las costillas. Llamamos sibilancias a unos ruidos silbantes (pitos) que habitualmente se oyen sin necesidad de fonendoscopio y que, en ocasiones, se acompañan de otros ruidos que se llaman roncus y, a veces, una especie de gorgojeo que algunos padres refieren como olla de caracoles. La mayoría de los niños presenta, además, tos seca que les aumenta la sensación de dificultad para respirar, que suele agravarse por la noche. Muy pocas veces los niños refieren dolor u opresión torácica. En el curso de los días la tos se hace húmeda y productiva, aunque la expectoración es excepcional, por la deglución de las secreciones, que pueden emitirse con el vómito espontáneo o desencadenado por la propia tos. A esta secuencia de signos y síntomas los pediatras suelen denominarla inicio no recortado, y suele ser característica de crisis de asma desencadenadas por infecciones víricas, no alérgicas.

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Es necesario que los niños con asma dispongan de broncodilatadores inhalados y que estén bien entrenados en su empleo. (Créditos, F. 50)

En los niños de más edad, el inicio de la crisis suele ser recortada, sin síntomas previos de enfermedad infecciosa. Aparecen tos y sibilancias de modo súbito y, en pocos minutos u horas, pueden llegar a presentar dificultad respiratoria de mayor o menor gravedad. Típicamente la crisis responde muy bien al uso de broncodilatadores y se presenta, habitualmente, en niños con asma de etiología alérgica.

¿Cuántas clases de asma hay?

Si el asma es un síndrome que agrupa diferentes tipos de asma, ¿cuántos tipos de asma hay?

Durante la infancia, sintetizando mucho, existen fundamentalmente dos tipos de asma: el primero es un asma que aparece a muy temprana edad, por regla general durante los 12 primeros meses de vida. Se caracteriza por presentar una crisis asmática que en el apartado anterior hemos calificado de inicio no recortado. Se asocia con tabaquismo materno, prematuridad, convivencia con hermanos mayores, asistencia a guarderías y, por lo general, viene precedida de infecciones víricas. Es muy frecuente (alrededor de un 30% de los niños puede llegar a presentarla) y no se asocia con antecedentes personales o familiares de alergia. Su pronóstico es excelente y en el mayor número de casos remite de modo espontáneo a lo largo de la infancia.

El segundo tipo de asma en la infancia es el asma alérgica. El primer episodio suele presentarse después del primer año o en años sucesivos. Las crisis de asma pueden ser de inicio no recortado, alternando con otros episodios recortados. Se asocia con antecedentes familiares de alergia (padres/abuelos/tíos/hermanos con asma, rinitis u otras enfermedades alérgicas) y con antecedentes personales de alergia (pacientes con dermatitis atópica y/o alergia a alimentos). Dejado a su evolución natural (tratamiento sintomático), este tipo tiende a la cronificación y a la persistencia durante la edad adulta (véase figura 1).

Durante los 3 primeros años, por la clínica, es muy difícil distinguir un tipo de asma del otro y, para hacerlo, se precisa un estudio alergológico.

¿Qué es la marcha alérgica? ¿Un niño con dermatitis atópica o alergia a alimentos padecerá asma en el futuro?

Tanto el asma como las enfermedades alérgicas tienen mucho que ver con la herencia. No se hereda el asma ni una enfermedad alérgica en particular, sino la predisposición para padecerlas.

A la predisposición genética a padecer enfermedades alérgicas se la llama atopia y se suele asociar, además, con hiperreactividad (respuesta exagerada frente a irritantes) de la piel y de las mucosas. Los niños atópicos pueden sensibilizarse a diversos alérgenos. La sensibilización alérgica es el resultado de una alteración del sistema de defensas del organismo (inmunológico) y se produce cuando, por error, nuestro sistema inmune reacciona de forma anormal ante sustancias inofensivas y fabrica anticuerpos frente a ellas (de tipo IgE). A estas sustancias se les llama alérgenos. Los principales son pólenes, alimentos, medicamentos, mohos, pelos de animales y ciertos parásitos microscópicos que se denominan ácaros. Una vez que una persona se ha sensibilizado frente a un determinado alérgeno, cada vez que se pone en contacto con él sufre una reacción alérgica (respuesta antígeno/anticuerpo) que provoca una inflamación de las mucosas nasales, bronquiales, digestivas, etc., que se puede manifestar en distintas formas de enfermedad: rinitis, asma, etc. La alergia es un factor claramente relacionado con el desarrollo del asma y la persistencia de la enfermedad más allá de la infancia.

Durante sus tres primeros años de vida, muchos niños atópicos presentan dermatitis atópica o alergia a alimentos (leche, huevo…) que, por lo general, evolucionan espontáneamente hacia la remisión. En muchos casos presentan, también, asma no alérgica desencadenada por virus de buen pronóstico. Algunos de estos niños, a esta edad, inician ya la sensibilización alérgica frente a alérgenos inhalantes (ácaros, mohos, epitelios…) que durante unos años pueden no dar sintomatología porque su nivel de sensibilización no sobrepasa el de su tolerancia. La primera señal de alarma que hace sospechar que la sensibilización a alérgenos está haciéndose relevante en un niño es la aparición de rinitis alérgica, a menudo de leve intensidad: prurito nasal (picor), estornudos en salva, hidrorrea (moco como agua), y congestión nasal fuera de episodios catarrales, así como la aparición de crisis recortadas de asma, sin fiebre, no relacionadas con infecciones víricas.

Al principio, estos síntomas pueden ser muy leves y fácilmente controlables con medicación, pero con una tendencia a un empeoramiento progresivo. Si eso sucediera debe consultarse con un alergólogo para que valore si la enfermedad es o no alérgica, su gravedad y la conveniencia o no de practicar inmunoterapia.

¿El asma del niño es igual que el asma del adulto?

El asma alérgica del niño y la del adulto son fundamentalmente iguales. De hecho, el asma alérgica del adulto, en muchas ocasiones, se ha iniciado durante su infancia.

En el adulto, además del asma alérgica, pueden darse otros tipos diferentes de asma no alérgica, como el asma ocupacional y otras, muy raras en el niño.

El asma no alérgica del niño, por lo general, desaparece antes de la vida adulta. Ése es el motivo, entre otros, por el que algunos médicos prefieren no utilizar este término para aquellos niños con episodios repetidos de broncoespasmo desencadenado por virus durante la infancia.

FIGURA 1. Curvas de frecuencia del asma alérgica y no alérgica

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Las curvas de frecuencia del asma alérgica y no alérgica se entrecruzan sobre los 4 o 5 años. Por debajo de esta edad las asmas son en su mayoría no alérgicas; por encima se incrementa la frecuencia de asma alérgica.

No es ése, sin embargo, el criterio de quien escribe este capítulo ni el de la mayoría de los consensos y guías de manejo y tratamiento del asma infantil.

¿Puede llegar a morir un niño en una crisis de asma?

En los países desarrollados, como el nuestro, la mortalidad por asma infantil es absolutamente anecdótica. La última tasa publicada en nuestro país data del año 2005 y se refiere a pacientes asmáticos entre 5 y 35 años. En ese grupo de edad la tasa de mortalidad fue de 0,2 por cada 100.000 habitantes y año.

La mortalidad por asma se relaciona directamente con un inadecuado control de la enfermedad y la no administración del medicamento prescrito, por lo que tal posibilidad no debiera, en la práctica, ser temida en un niño asmático correctamente diagnosticado y adecuadamente controlado.

De cualquier forma, cualquier niño que haya presentado crisis de asma de grave intensidad, que hayan requerido ingreso hospitalario, debería ser meticulosamente controlado en una unidad especializada.

¿Un niño con asma tiene limitaciones para llevar una vida normal?

El principal objetivo que los médicos se marcan al tratar a un niño asmático es que éste pueda llevar a cabo una vida completamente normal como la de cualquier otro niño de su misma edad. Eso incluye, naturalmente, la escolarización, la asistencia a campamentos de verano, excursiones y la práctica de todo tipo de deportes y aficiones.

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Se debe intentar que el niño asmático mantenga una actividad física adecuada para su edad. (Créditos, F. 51)

Es verdad que algunos niños presentan alguna limitación para hacer deportes que requieran esfuerzos intensos y prolongados pero, por lo general, se puede alcanzar un control adecuado. La demostración de ello es el importante número de atletas de élite que son asmáticos desde su infancia. La práctica de un ejercicio controlado debería estimularse en todo niño asmático y, sólo en las épocas en que estén sufriendo una agudización, deberían abstenerse temporalmente de la realización del deporte.

Lo mismo puede decirse respecto al resto de actividades escolares y lúdicas a las que se ha hecho referencia.

¿Cómo se diagnostica el asma? ¿Qué pruebas o análisis conviene hacer?

Por lo general no se precisa realizar ningún tipo de pruebas complementarias.

El diagnóstico de asma en la primera infancia (niños menores de 5 años) es un diagnóstico clínico que el pediatra es capaz de llevar a cabo con la simple ayuda de un fonendoscopio. El asma se diagnostica cuando el médico que atiende al paciente aprecia una serie de datos característicos de la enfermedad. Ninguno de esos datos, por sí solo, permite realizar el diagnóstico, que no puede hacerse con una prueba única (análisis, pruebas de alergia, pruebas de función respiratoria…), sino con la valoración global de los síntomas del paciente. Los síntomas antes referidos suelen ser suficientes para un correcto diagnóstico, en especial cuando remiten tras la administración de tratamiento con broncodilatadores.

Algunos padres pueden llegar a confundir la dificultad respiratoria bronquial con la dificultad para respirar a través de la nariz, y las sibilancias con ruidos presentes en el curso de procesos catarrales; pero el pediatra podrá, fácilmente, sacarles de dudas y, pronto, los propios padres serán capaces de llegar al diagnóstico de una crisis con cierta facilidad y seguridad.

Estos síntomas pueden ser provocados por otro tipo de enfermedades que no son asma, por ejemplo, laringotraqueítis, malformaciones pulmonares, pulmonías, fibrosis quística y otras; pero tales patologías son mucho menos frecuentes que el asma y no suelen responder al tratamiento broncodilatador, por lo que deberá corresponder al pediatra que atiende al niño valorar la idoneidad de solicitar alguna prueba complementaria (radiografías, análisis, etc.), más para descartar la posibilidad de otra enfermedad que para confirmar la existencia de asma.

En el niño de más edad el diagnóstico de asma se puede confirmar mediante los mismos procedimientos diagnósticos empleados en el adulto. El estudio de la función pulmonar es muy importante, tanto para el diagnóstico como para el seguimiento en niños mayores de 7 años. En muchos casos es posible llevarlos a cabo en niños mayores de 5 años.

Los marcadores de la inflamación, como el óxido nítrico exhalado, esputo inducido, etc., también es posible y conveniente efectuarlos en algunos niños para el seguimiento y control de su enfermedad, pero no suelen ser necesarios para el diagnóstico.

Más adelante veremos cuándo sería conveniente solicitar en los niños asmáticos un estudio alergológico.

¿Cuáles son las causas más frecuentes del asma infantil?

La causa o motivos por los que una persona padece asma no se conocen bien.

Existen varios factores que influyen en el origen del asma, pero ninguno de ellos está presente en todos los afectados.

La herencia, como ya se ha dicho, es uno de ellos. Las infecciones víricas del aparato respiratorio parecen desempeñar, también, un papel importante en el asma. El catarro, la gripe y otras infecciones parecen influir en ella, especialmente como desencadenantes de las crisis, en niños atópicos con mucosas previamente inflamadas.

La alergia es el principal factor que se relaciona con el desarrollo de asma y la persistencia de la enfermedad más allá de la infancia, hasta el punto de que más del 80% de los niños mayores de 5 años que sufren asma presenta sensibilización alérgica a algún alérgeno (ácaros, mohos, pólenes, epitelio de animales, etc.).

También es distinta la predisposición al asma dependiendo de la edad, el sexo, la exposición al humo del tabaco, la polución ambiental, el tipo de trabajo y otras muchas circunstancias.

Actualmente se piensa que en cada paciente asmático se dan una serie de circunstancias particulares que provocan su asma. Por ello, cada paciente ha de ser evaluado de manera individual, atendiendo a los factores particulares que provocan su enfermedad.

¿Qué importancia tiene la alergia en el asma infantil?

La alergia es el principal factor determinante de que un asma infantil persista en la edad adulta. En otras palabras, cualquier niño diagnosticado de asma, independientemente de su edad o de la edad de inicio de los síntomas, que presente sensibilización alérgica (pruebas de alergia positivas) a alguno de los alérgenos frecuentes en su medio tiene un riesgo muy superior de seguir presentando asma en la edad adulta que aquellos niños con asma que no se hayan sensibilizado a ningún alérgeno.

Sin embargo, el hecho de que un niño esté sensibilizado a un alérgeno no significa que exista una relación causal directa entre esa sensibilización y el padecimiento de asma. Por ello es muy importante poder determinar la relevancia clínica concreta que una determinada sensibilización alérgica (por ejemplo, una prueba alérgica positiva a ácaros del polvo doméstico o a epitelio de gato) tiene en el padecimiento del asma de un niño concreto. Ésa es la labor del alergólogo, a quien corresponde relacionar los datos obtenidos en la historia clínica con los resultados de las pruebas de alergia, pruebas de laboratorio y otras técnicas, como las pruebas de exposición al alérgeno.

Dependiendo de la zona geográfica en la que vive el niño varían los alérgenos responsables del asma infantil. Los ácaros del polvo doméstico y las cucarachas son algunos de los alérgenos más frecuentes en las zonas costeras. El polen de las flores, malezas y hierbas en las zonas de interior, el pelo de los animales y los mohos se reparten por igual. Otros alérgenos relacionados con la profesión o aficiones de los padres pueden, también, estar implicados.

¿Cómo se sabe si el asma de un niño es o no de causa alérgica?

La parte más importante del estudio alérgico es la realización, por parte del alergólogo, de una correcta y muy meticulosa historia clínica, en la que se trata de relacionar los síntomas que el niño presenta con las condiciones de su hábitat, los lugares frecuentados, las aficiones del propio niño y sus familiares, etc.

Tras la realización de la historia clínica, usualmente el médico suele ya sospechar si el asma que padece el niño es o no alérgica y qué tipo de alérgenos pueden estar implicados en un niño en particular. Procede, entonces, a la realización de unas pruebas cutáneas con los alérgenos más frecuentes del medio en el que el niño vive y con aquellos otros alérgenos sospechados por la historia. Estas pruebas no resultan dolorosas y su realización es muy segura. En caso de dudas, bien porque la piel del niño no sea lo suficientemente reactiva o por otros motivos, puede llevarse a cabo una determinación de IgE específica a los alérgenos sospechosos mediante un análisis de sangre.

El resultado de una prueba cutánea o de una determinación sérica positiva no implica, obligatoriamente, que aquella positividad sea la causa del asma que padece el niño. Se requiere para ello, al menos, una relación directa entre la positividad encontrada y los síntomas que el niño aqueja.

Cuando existen dudas, o en caso de niños con positividades a múltiples alérgenos, pueden llevarse a cabo pruebas de provocación bronquial o nasal. Estas últimas, por su seguridad, son especialmente útiles en el niño debido a que normalmente a los síntomas de asma se suelen asociar síntomas nasales. La reproducción de la sintomatología del niño, de un modo controlado, tras provocación bronquial o nasal, demuestra la implicación etiológica del alérgeno testado en la patología del paciente.

¿A qué edad se puede hacer un estudio alérgico?

Las pruebas de alergia son positivas a cualquier edad cuando el niño en el que se realizan está sensibilizado. Este hecho es fácilmente comprobable en el caso de niños alérgicos a leche de vaca, que pueden sensibilizarse a los pocos meses de vida.

Sucede, sin embargo, que la causa más frecuente de asma en niños menores de 3 años son los virus y no la alergia. Pocos niños de menos de 3 años han tenido el tiempo suficiente para sensibilizarse (hacerse alérgicos) a alérgenos como los ácaros, mohos, pólenes o epitelio de animales. En tales niños el estudio alérgico será, por tanto, negativo.

Desde un punto de vista práctico, un estudio alérgico resulta innecesario en niños cuya asma haya comenzado antes de los 3 años y presenten, exclusivamente, exacerbaciones de asma de tipo no recortada (en especial, si no existen antecedentes familiares de padecimientos alérgicos y tampoco el niño presenta otro tipo de patología sugestiva de ser alérgica como la dermatitis atópica, urticaria desencadenada por la ingesta de alimentos o rinitis alérgica).

Existe una prueba de laboratorio (el Phadiatop infant) que, en caso de dudas, puede realizarse antes de remitir al niño a un especialista para la realización de un estudio alérgico. Esta técnica de laboratorio es capaz de detectar al 80% de niños de esas edades que son alérgicos.

A todo niño asmático que, independientemente de su edad y de la gravedad de su asma, manifieste episodios de asma o de sibilancias, apiréticas (sin fiebre), recortadas, no relacionadas con infecciones víricas, debería realizársele un estudio alérgico con el fin de, en caso de positividad, aplicar en él las medidas preventivas más pertinentes.

¿Cómo se trata el asma?

En el tratamiento del niño asmático hay tres pilares importantes que es preciso atender: medidas de prevención, tratamiento farmacológico y educación.

Dentro de las medidas preventivas se debe evitar el contacto con los alérgenos y los diferentes desencadenantes que causan el asma. Éste es un primer paso que, si se pudiera lograr al 100%, sería la medida más eficaz. Desafortunadamente, su consecución resulta muy difícil en la mayoría de los casos. El humo del tabaco y los irritantes inespecíficos (contaminación, cambios de temperatura, olores fuertes, etc.) perjudican a todo niño asmático, sea o no alérgico, por lo que deben prevenirse todos ellos.

No existe ningún modo práctico de evitar las infecciones por virus. Se ha propugnado retrasar la asistencia de los niños pequeños con asma a las escuelas infantiles, pero no está claro que esa medida impida las infecciones víricas; y la vacuna contra el virus de la gripe se ha demostrado muy poco eficaz, puesto que en el mejor de los casos sólo previene de una de las muchas infecciones víricas que un niño asmático puede padecer a lo largo de un año.

Algo similar sucede con las medidas para evitar el contacto con ácaros, mohos, pólenes y epitelio de animales.

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La dermatitis atópica es un factor predisponente de asma en la infancia.
(Créditos, F. 52)

Se ha visto claramente cómo los niños con asma alérgica a ácaros mejoran espectacularmente cuando se mudan a poblaciones de alta montaña libre de ácaros, pero tal medida no es realizable la mayoría de las veces.

Se prescribe el uso de fundas antiácaros para colchones y almohadas; la ausencia de alfombras, cortinas, peluches, etc., en la habitación de los niños; la limpieza de sus domicilios con mopa húmeda, y la aspiración de sofás y otros elementos que puedan acumular polvo con aspiradores dotados de filtros HEPA; todo esto es recomendable para los niños con alergia a los ácaros, aun cuando sepamos que su eficacia es limitada.

Evitar el contacto directo e indirecto con mascotas domésticas a las que los niños están sensibilizados es una medida muy eficaz pero, a veces, difícil de llevar a cabo por factores psicosociales. Aun así, debería recomendarse a todos los niños con asma alérgica grave sensibilizados a epitelio de animales.

Más difíciles todavía son las medidas de prevención de los niños alérgicos a mohos o pólenes.

Cuando estas medidas de prevención fracasan en el control de la enfermedad puede intentarse la inmunoterapia o vacuna contra la alergia, única herramienta terapéutica que se ha mostrado eficaz en la modificación de la historia natural de la enfermedad.

En la actualidad existen buenos fármacos antiasmáticos, muy eficaces y de gran seguridad que, básicamente, se subdividen en fármacos de mantenimiento o controladores, y fármacos de rescate.

Los principales fármacos de mantenimiento son los corticoides inhalados. Son medicamentos muy eficaces con los que se suele alcanzar el control de la enfermedad en la mayoría de los niños asmáticos, a dosis bajas o moderadas, y que, por lo general, no provocan ningún tipo de efectos secundarios.

Una alternativa válida a los corticoides inhalados son los antileucotrienos (montelukast), que tienen la ventaja de poder ser administrados por vía oral. Su poder antiinflamatorio es el equivalente al de los corticoides inhalados a dosis bajas.

Deberá ser el pediatra el que, de acuerdo con la gravedad de la enfermedad y el tipo de asma que presente el niño, decidirá el uso de unos u otros, o una combinación de ambos.

Si, aun así, no se logra el control de la enfermedad, el niño debería ser valorado por un especialista que evaluará la conveniencia de aplicar otras medidas terapéuticas: fármacos que combinen corticoides inhalados con broncodilatadores de larga duración, teofilinas, anticuerpos anti-IgE, o una combinación de algunos de ellos.

Los fármacos de rescate deben ser utilizados cuando el niño acuse los síntomas. Los broncodilatadores de acción corta (salbutamol) constituyen la primera línea de tratamiento; la vía inhalatoria es la de elección por su mayor efectividad y menores efectos secundarios, y deben utilizarse con cámaras espaciadoras o con dispositivos de polvo seco. La dosis recomendada para cada paciente debe ser fijada por el pediatra, y dependerá de la gravedad de las crisis y la respuesta que el niño haya tenido a estos fármacos en otras crisis.

Cuando el niño no mejora suficientemente tras las primeras administraciones de los broncodilatadores inhalados, se debe consultar con su médico o en una unidad de Urgencias, para decidir el tratamiento y la conveniencia o no de añadir corticoides por vía oral.

¿Se cura el asma? ¿Cuál es el pronóstico de un niño con asma?

No hay una respuesta que sirva para todos los casos, pero sí hay respuestas claras que se pueden dar a cada niño en particular.

Como ya se apuntó previamente se puede distinguir entre dos grupos de niños asmáticos.

Un primer grupo estaría compuesto por niños con asma no alérgica, con un pronóstico excelente. En el 80% de ellos, su asma remitirá por completo antes de alcanzar la vida adulta y no tendrán más riesgo de padecer asma o cualquier otra enfermedad alérgica, en el futuro, que el de otros niños de su edad que no hayan padecido esa enfermedad. En un 20% de los casos, sin embargo, el asma puede persistir. Se trata, por lo general, de niños atópicos, hijos de padres asmáticos o con otras enfermedades alérgicas. Su asma no alérgica puede llegar a remitir o a mejorar, pero su atopia les predispone a la sensibilización alérgica que, de producirse, hará que reaparezca o se agraven sus síntomas de asma.

Un segundo grupo está compuesto por niños afectados de asma alérgica. En ellos la evolución favorable es mucho menos frecuente y lo habitual es que atraviesen épocas de mayor o menor intensidad, dependiendo de muchas circunstancias, a veces predecibles (lugar de residencia, contacto con animales, etc.) y otras, sin motivo aparente.

En estos niños, sólo la inmunoterapia ha demostrado influir en la evolución natural del asma, aumentando el porcentaje de niños que quedan libres de la enfermedad.

Resumen

  • El asma es una enfermedad debida a la inflamación crónica de los bronquios. Tal inflamación puede ser provocada por diversas causas: irritantes como el tabaco y la contaminación, infecciones víricas, o alérgenos.
  • Se inicia muchas veces durante la infancia y es más frecuente en esta etapa de la vida que en cualquier otra. En los primeros años de vida 1 o 2 de cada 5 niños padecen episodios de obstrucción bronquial reversible, que hace que puedan ser calificados como asmáticos.
  • La evolución clínica de estos pacientes sigue un curso muy variable entre individuos, y en un mismo individuo a lo largo del tiempo, pudiendo perdurar durante la vida adulta del paciente.
  • El asma no alérgica, que aparece en niños muy pequeños, en más del 80% de los casos evoluciona espontáneamente hacia la curación; pero el asma alérgica tiende a la cronificación. Sólo la inmunoterapia es capaz de modificar esta evolución natural de la enfermedad.
  • El diagnóstico de asma es fundamentalmente clínico; se basa en los síntomas y en la respuesta al tratamiento. En los niños de más edad debe realizarse, tanto en el diagnóstico como en el seguimiento, un estudio de la función pulmonar mediante espirometría. El asma que perdura más allá de los 6 años suele ser de causa alérgica por lo que, en estos niños, debe realizarse un estudio alérgico encaminado a conocer los alérgenos más relevantes que causan su enfermedad para aplicar, en cada caso, las medidas de prevención más adecuadas.
  • Existen muy buenos fármacos para tratar el asma, eficaces y seguros, que permiten alcanzar el control de la enfermedad en la mayoría de los niños. El objetivo del tratamiento es que el niño asmático pueda hacer una vida completamente normal (escolar, deportiva, etc.), objetivo que se logra en la gran mayoría de los pacientes.

Bibliografía

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